sábado, 20 de marzo de 2010

si cruzas una puerta cierra bien la puerta

Ha pasado tiempo hasta que me he decidido a seguir con esto... el caso es que cuesta encontrar momentos en los que enfrascarse en un torbellino de ideas y reflexionarlas para luego plasmarlas en una pantalla de ordenador, tan anónima como impersonal, sin saber quién puede escuchar al otro lado...

Son así de simples algunas noches de trabajo en las que el amargor de la enfermedad llama a la puerta de la impaciencia. Puede parecer duro soportar el dolor ajeno, pero tras tanto tiempo la frialdad y la indiferencia hace ya tiempo que cruzaron el umbral de una puerta que uno no sabe si abrió él mismo o las circunstancias fueron forzándola lentamente hasta dejar un resquicio de apatía en la mirada.

¿qué más da? el debate es si me importan por el hecho de ser personas, o si no me importan porque son extraños a mis ojos. A veces esa pregunta tan aparentemente fácil de contestar se vuelve complicada por momentos.

Sentimientos, paciencia, ira, dolor, resignación, vulnerabilidad, desesperación, esperanza... Elige tú una, y procura acertar porque no es sencillo. Quien acude a tu lado por necesidad debería contar al menos con algo de compasión por tu parte. Y es triste que lo primero que uno deba sentir sea eso...

Esta tarea, este quehacer, se quiebra en la anodina visión de la ayuda, ese sentimiento tan inerte, tan material, tan mecánico y tan egoista, con un aparente bienestar por la satisfacción de cumplir con tu deber, con aquello que te marcan las pautas del bienhechor.

Y puede que mañana luzca mejor día, o la siguiente noche brille una luna más nueva, pero la vida es la vida, y los hombres son hombres, aquí y en el país de las desmaravillas que sacuden este trozo perdido de Alicia.

El higo pródigo pasó de moda... ya no quedan habitaciones libres para él.

No hay comentarios:

Publicar un comentario